Mas es de un caso específico del que quiero hablarles. El único hombre piedra que conocí. Claro que cuando lo conocí no era de piedra todavía. Se llamaba Pedro y ya entonces se reía de ello: “tengo la condena en el nombre”, decía. Pero todos sabíamos que era una broma, al final Pedro es un nombre muy común. Sólo son de esas coincidencias que te ponen a pensar; piezas que encajan, pues. Y uno se queja toda la vida de que no encajen pero cuando encajan parece que hay algo mal ahí, que eso no debería de ser así. La vida tan inverosímil.